Cada temporada recibo consultas de marcas que quieren incorporar la última tendencia a su colección. Un color que aparece en todas las pasarelas, un tipo de cierre que está de moda, una forma de bolso que se ve en todas las redes sociales. La pregunta que me hacen es siempre la misma: ¿merece la pena apostar por esa tendencia? Y mi respuesta, casi siempre, es la misma: depende de quién seas como marca.
Hay marcas que invierten semanas en perfeccionar el diseño de un bolso, en elegir la piel exacta, en negociar hasta el último detalle del herraje, y después envían el producto dentro de una bolsa de plástico transparente metida en una caja de cartón marrón. Cada vez que veo eso, pienso lo mismo: todo el trabajo de posicionamiento que se ha hecho con el producto se deshace en el momento de la entrega.
Una de las consultas que recibo con más frecuencia no tiene que ver con patronaje ni con materiales. Tiene que ver con algo que parece más sencillo pero que condiciona absolutamente todo lo demás: la identidad visual de la marca. El logotipo, los colores, la tipografía, el estilo fotográfico, el tono del packaging. Todo lo que hace que una marca se reconozca de un vistazo y, sobre todo, que se perciba como algo profesional y coherente.
Cuando una marca me pide ayuda para desarrollar una colección de accesorios, la primera pregunta que me hago no es sobre la forma ni el color. Es sobre los materiales. Porque la elección de materiales lo condiciona todo: el coste final del producto, su durabilidad en el tiempo, cómo se va a percibir la marca y, en última instancia, si el cliente va a estar satisfecho cuando tenga el producto en las manos.
